Cuando el presidente Donald Trump visitó China a finales de 2017, Xi Jinping lo recibió con una gran exhibición de historia y cultura chinas: una visita privada de cuatro horas a la Ciudad Prohibida que culminó con una representación de la Ópera de Pekín.
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Ocho años, una pandemia y dos guerras comerciales después, Trump vuelve a Pekín, donde el tema del dominio en el futuro, no la antigua majestuosidad, ha llenado los titulares nacionales e internacionales con artículos sobre robots bailarines, enjambres de drones y el silencioso zumbido de los vehículos eléctricos.
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China se presenta cada vez más no como una civilización en decadencia que intenta alcanzar a Occidente, sino como una superpotencia preparada para superarlo. Los nacionalistas chinos y los comentaristas vinculados al Estado dicen que tienen que agradecérselo a Trump. Estados Unidos bajo su mandato, afirman, valida la visión del mundo de Xi, centrada en “el ascenso de Oriente y el declive de Occidente”.
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Durante décadas, muchos chinos vieron a Estados Unidos con una mezcla de admiración, envidia y resentimiento. Estados Unidos representaba la riqueza, la sofisticación tecnológica y la confianza institucional. Incluso los críticos de Washington que vilipendiaban el sistema estadounidense a menudo daban por sentado que funcionaba.
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El ascenso de Trump y su volátil segundo mandato han destrozado esa imagen.
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En enero, un grupo de expertos de corte nacionalista de Pekín afiliado a la Universidad Renmin publicó un informe triunfalista sobre el primer año de la vuelta al poder de Trump. El informe argumentaba que sus aranceles, sus ataques a los aliados, sus políticas antimigratorias y sus ataques a la clase política dominante estadounidense habían fortalecido inadvertidamente a China, al tiempo que debilitaban a Estados Unidos. Su título: “Denle las gracias a Trump”.